jueves, 4 de noviembre de 2010

Desarrollo de liderazgo

Sexto compromiso
Mantener unidos el liderazgo docente y el liderazgo administrativo
Problema: FACILMENTE OPTAMOS POR UN VEHICULO CON UNA SOLA RUEDA

¿Qué resultado hemos tenido de separar evangelismo de discipulado? ¿Por qué nos cuesta tanto crear liderazgo?

Los creyentes que quieren servir se identifican por una disposición a hacerlo. Note que  el reconocimiento de quienes sirven lo hacen los hermanos mismos, que se encargan de designarlos a partir de las características propuestas por el liderazgo, tomando de entre la iglesia “a personas de buen testimonio, llenas del Espíritu Santo, y de sabiduría a quienes encargar” el trabajo (Hch.6:3). De donde, bien haremos en tomar para liderazgo a aquellos que la iglesia reconoce como tales, y mejor si pueden servir de tiempo completo.

Una cosa esta clara, se requiere abrir una gran cantidad de espacios de participación para llamar a toda la iglesia al servicio. La mención de “a todos” y “a cada uno” en los pasajes de los dones (Ro. 12; 1Co.12; Ef.4; 1P.4), sugiere que cada creyente tiene un don y que es tarea de la iglesia invitarle a usarlo. Por eso, formar liderazgo esta vinculado al uso de los dones de servicio y desarrollo a partir de la Iglesia.

La insistencia de Pablo en que no todos somos pie, mano o cabeza dice que hay una distinta proyección de los dones. El Nuevo Testamento establece una diferencia entre quienes se dedican a servir en asuntos no didácticos o menos públicos de aquellos que enseñan o predican (Hch.6:1-7). Ambas tareas son valiosas y necesarias, pero unas tienen más exposición pública que otras. El resultado de atender ambas es que “crecía la palabra del señor, y el número de los discípulos se multiplicaba grandemente” (Hch.6:7)

Forjar liderazgo requiere un discernimiento moral doctrinal (1 Ti.3:1-13; Tit.1:5-14). Esto tiene que ver con el buen testimonio para con los de adentro y con los de afuera, y con el cuidado de la doctrina. El pasaje de Tito destaca lo doctrinal frente al judaísmo, sugiriendo que la temperancia del líder protege también lo que se predica o enseña.  Ancianos, diáconos y servidores, son todos poseedores de una buena conducta y un buen testimonio. Nuestra tarea es entregarnos por entero a enseñar y confiar en los demás.

Los equipos de trabajo son administrativos, de planificación, de construcción y de visión y misión. En ellos se puede integrar a un buen número de personas y todos los equipos a su vez deben asumir que tienen en toda la Iglesia a personas que pueden ser llevados al próximo plano de servicios y liderazgo. Los equipos sanos son aquellos abiertos a más gentes y no cerrados; en donde las personas son invitadas a aprender a hacer algo y no a platicar; en donde quien no hace, es cortésmente invitado a ceder su espacio a alguien que si hace. Nuestra tarea es entregar una responsabilidad a cada creyente.

El trato interpersonal es lo más importante en los equipos de trabajo. En lugar de poner distancias y reservas, debemos repartir amistad, tareas hacederas y cuidar las relaciones interpersonales de aquellos a quienes hemos dado algo para hacer.  Nadie tiene derecho, en nombre del evangelio, a dar mal trato a los demás. Es necesario planificar bien cómo integrar gente para evitar resultados no previstos. Cuando alguien no hace lo pedido debe revisarse si es mala planificación o incompetencia, eso incluye saber a quién pedirle qué.

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