viernes, 7 de diciembre de 2012

Karl Marx: la zaga entre la idea y la materia


El Dr. Carlos Marx (1818-1883) representa el triunfo temporal de la materia sobre la idea, con la que ésta se halla en pugna desde los griegos. Sus intereses como filósofo, sociólogo, historiador, periodista y economista, salpican diferentes provincias del saber con sus tesis centrales. Por eso las ideas de Marx convertidas en “marxismo” tocan hoy la teoría económica, la teoría sociológica, el método de la filosofía y una comprensión de la acción política basadas en la transformación de la sociedad fundada en el materialismo.  Realmente hoy no hay una teoría marxista sino multitud de aplicaciones de una idea, la preeminencia de la materia sobre la conciencia y el saber humanos.
La relación de amor y odio con G. W. Hegel y el Hegelianismo empieza temprano cuando Marx tiene apenas 18 años en 1836. Entonces empieza a gestarse el materialismo dialectico la idea de que el orden económico tiene contradicciones internas que tras alcanzar su máxima eficiencia eventualmente lo destruyen. Filosóficamente, la superación de ello corresponde al hombre quien determina la historia por un acto de su conciencia (Moisés Hess) en complicidad inadvertida con la naturaleza cuyas fuerzas inherentes a la historia empujan al hombre, inevitablemente, hacia el materialismo dialectico (Marx). Amor y odio hacia Hegel también sufrirán Bruno Bauer y el mismo L. Feurbach de quien Marx tomó su materialismo. De ahí la famosa propuesta de que era necesario poner a Hegel de cabeza, es decir darle la preeminencia no al Geist o las fuerzas historizadoras del Espíritu de Hegel sino a las de la materia.
Parte de su ruptura con Feurbach en las “Tesis sobre Feurbach” incluirá la crítica a la filosofía, expresada en la frase de que hasta ahora “los filósofos no han hecho sino interpretar el mundo cuando el punto es cambiarlo”, en contra del materialismo y el idealismo contemplativos que imponen una idea abstracta por encima de lo obvio la realidad material. De ahí que la transformación del mundo no se dará por un cambio en las ideas sino por la actividad física desde la materia por medio de la práctica. Esta indiferencia hacia las ideas curiosamente colisiona con la excesiva importancia que se da a la supraestructura (idea) sobre la infraestructura (materia). Hay que ahogar a “la idea” de la supraestructura con "otra idea", la de cambiar la propiedad de los medios de producción para transformar así "todas las ideas". Dicho de otra manera, ontológicamente la materia es todo, pero epistemológicamente el marxismo sucumbe a cada paso ante la idea. No hay sistema totalmente libre de aporías.
Marx estaba convencido que la producción de la revolución industrial conduciría a que los ricos fueran más ricos y menos en número y que los pobres fueran cada vez más pobres y mayores en número. La depauperización de las masas sigue repitiéndose en muchas partes del mundo aun cuando en la Segunda Internacional Socialista, 1898, ambas ideas fueron suprimidas del ideario socialista. La revolución industrial de manera lenta había empezado a cerrar la brecha relativa entre ricos y pobres revertiendo ambas afirmaciones y creando un fenómeno nuevo desconocido por Marx, la clase media.
La genial síntesis de Marx entre la filosofía germana, la sociología francesa y la economía inglesa ocurre en un momento en el que los resultados de todas esas propuestas aun no habían llegado a su punto culminante. El neokantismo del siglo XIX y XX no había afirmado aun la importancia de la mente, el conocimiento, del ser y la existencia y de la razón como realidades complementarias a la materia. De modo que Marx reaccionó en su tiempo contra ideas que pronto fueron superadas. La sociología terminaría abocándose al individualismo metodológico y a la distinción entre ciencias del espíritu y ciencias naturales más que a las hipostatizaciones que dan a los conglomerados sociales (clases) características de personas (piensan, deciden y aman). M. Weber buscaría responder a ese materialismo miope con la idea de la razón (ej. la burocracia), los valores y los tipos ideales.
En economía el marginalismo (de C. Menger, S. Jevons y W. Walras) pondría entre corchetes todas las afirmaciones económicas del Marx economista, su teoría objetiva del valor y su idea de la explotación (Böhmbawerk) juntamente con algunas falacias del resto de economistas clásicos. Sin embargo el éxito de Marx se debe, en parte, a ser el pensador con el que culmina la historia de la Filosofía en el siglo XIX. Hoy, es responsabilidad de los filósofos corregir esa falsa impresión de que el último filósofo del siglo XIX dijo la última palabra en todo, noción de la que ni sus propios seguidores están advertidos.
Cuando Marx define libertad como “el reconocimiento de la necesidad” no está haciendo otra cosa que confirmar en su pensamiento el triunfo de la materia en la larga zaga que empezó con los presocráticos. Los neokantianos, Dilthey, Webber y Heidegger harían en el plano filosófico lo que economistas y sociólogos harían en sus respectivos planos: tratar de mantener la integración de ambos planos en tensión. Abolir la propiedad privada, partir la realidad en infra y supraestructura y decretar las leyes férreas de la historia, son elecciones de fe o creencias metafísicas (la idea, de nuevo) lo cual, precisamente, el sistema creyó haber superado. En un plano muy personal, para mí esa tensión se resolvió hace siglos en la propuesta que integra materia y espíritu en Jesús de Nazaret, persona teantrópica y palabra divino-humana.

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