martes, 15 de marzo de 2011

La Biblia y el terremoto en Japón

¿Es la tragedia de un pueblo una bendición disfrazada? Hace un año el terremoto en Chile evidenciaba que las buenas construcciones a penas soportaron el rugido de la tierra. Chile, sin embargo, lloró sus víctimas, se reconstruyó con enorme rapidez y luego sorprendió al mundo con el rescate de los 33 mineros. Ahora Japón, pueblo de cultura discreta y manifestaciones de dolor reservadas, que disfraza sus apetitos en la sofocante cultura del trabajo individual, sufre el terremoto de 9.0 grados con miles de replicas, un tsunami y agrega a sus males una cadena de posibles accidentes nucleares.
Teológicamente, no falta quien se pregunte ¿puede Dios juzgar a un pueblo por medio de tragedias? ¿Quiere Dios hacerlo? Para empezar, aceptemos lo obvio, Dios es soberano. Si creemos que ningún evento escapa el control de Dios, tendremos que aceptar que un terremoto o los accidentes humanos no toman a Dios por sorpresa. La Biblia afirma que si Dios quiere, el puede actuar así.
Pero en vena teológica, más importante es recordar que los ciclos de tragedia de la tierra son parte de la maldición que pesa sobre la creación desde la desobediencia de nuestros primeros padres. Ríos que salen de sus causes; lluvias prolongadas que inundan la tierra; tsunamis que asolan poblados y terremotos que sacuden las entrañas de la tierra, traen a la memoria del hombre, que ecológicamente, este no es el mejor de los mundos posibles, como dijera Voltaire, frente al mas destructivo terremoto de su día, el terremoto de Lisboa de 1755.
No suele ser cierto que todos los hombres respondan con fe frente a una catástrofe natural. El caso de Voltaire, removido de los hechos y observando desde Francia, acentúa su incredulidad frente a esa catástrofe de su siglo. En todo caso, es el remanente, el resto santo, el hombre piadoso, quien responde en fe, frente a las bravatas de la naturaleza. Para el resto lo sucedido sabe a tragedia nada mas con poco espacio para la fe.
El filósofo Tetsuró Watsuji, el Unamuno Japonés (1889-1960), decía que “cuando el hombre cobra conciencia de las raíces profundas de su propia existencia y la expresa objetivamente el modo de esa expresión no esta condicionado solo por la historia sino también por el clima”. Sin embargo, asumir el paisajismo es asumir no solo la nieve, los cerezos en flor y el sol naciente. Es también asumir la realidad geológica que asoló el espíritu de Voltaire.  
Ciertamente, usando estándares teológicos, Japón es una tierra de prosperidad castigada por el flagelo que va con ella, la indiferencia a Dios. Los dioses de estos pueblos prósperos no son esculturas, son la belleza, la inteligencia y el dinero. En los países “cultos”, la salud, la tecnología, el materialismo y el poder, tienen santuario propio. Por ello, si no podemos hablar de "castigos de Dios", teológicamente, hemos de admitir que se trata de culturas que relativizan al ser humano, lo usan como medio y se olvidan de Dios. Esa es la razón por la que Dios juzga a los pueblos. No por su tecnología, ni por su conocimiento, ni por los avances en sus niveles de producción. Dios juzga al hombre por lo que hace contra el hombre y por el lugar que da a Dios en sus instituciones y actitudes.
Japón, el país dedicado a la sismología, a la reingeniería de procesos, a las tecnologías, sea de la organización de los recursos humanos o de la producción, tiene tanto que enseñarle al mundo sobre el trabajo. Pero esa bella nación tiene también tanto que aprender del Dios que se revela en la historia y en la persona de Jesucristo.  Si Dios habla así a una nación que se encuentra en la cima de su desarrollo industrial, será un llamado de misericordia. Cuando la tierra brama y cuando no, Dios sigue siendo, igualmente, misericordioso en su llamada al ser humano. 

1 comentario:

  1. DEDE EL PUNTO DE VISTA TEOLOGICO, TIENES TODA LA RAZON, PERO AL IGUAL QUE JAPON, EL RESTO DEL MUNDO SIGUE SUS PASOS...
    NO TARDAREMOS MUCHO EN SUFRIR DE LA MISMA MANERA.

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