viernes, 11 de febrero de 2011

La Biblia, la teología y sus materiales

En enero de 1978 sugerí, en la clase “Introducción a la Teología”, enseñada en equipo, abordar el tema del “método teológico”.[1] Más de 30 años han pasado y hoy esa inquietud se ha convertido en una clase formal sobre este tema enseñado por un profesor muy capaz, uno de aquellos precoces estudiantes.[2] Nada creativo en mi propuesta, ya la Teología de la Liberación había puesto el tema sobre el tapete. Lo novedoso fue haberlo introducido en una entidad en donde esas cosas se daban por sentado.
Como principiante, yo no había hecho la paz con el tema, y había cosas que en verdad me inquietaban. Siempre el papel de la razón, de la tradición y de las ciencias humanas, ha dado mucho que pensar. K. Barth, tras la sustracción de lo teológico en manos de la teología liberal, limpió la mesa quitando todo aquello que pudiera distraer la atención de la Palabra de Dios. Criticó a la Ilustración y emprendió un cuidadoso ataque contra la teología natural que, según Hans Küng, al final de su vida abandonó. Claro, Barth entre sus materiales para la teología usó ampliamente la razón y la filosofía, la historia de la Iglesia y del pensamiento cristiano. Bregar con esa aparente contradicción no era fácil en tanto, en América Latina, leíamos a G. Gutiérrez en torno a la radical pugna entre el saber racional y el de la “praxis”.
La “Sola Scriptura” sigue siendo el punto central del protestantismo. Para Lutero no se trataba de un contenido que ignora otras voces hasta apagarlas. Es el tema de la autoridad lo que esta en juego. Cuando he de escoger entre textos, voces, propuestas e intereses, ¿quién tiene la última palabra?: Dios. Más claro aun, ¿quién decide mis afectos, misión, orienta mis votos y vocación?: Dios. Sin embargo, la aplicación de eso a la vida diaria deja un gran margen para el uso razonado de la técnica, la sabiduría, las tradiciones y las ciencias humanas. La autoridad proviene de la Biblia, pero operacionalmente interactúa con todos y cada uno de los campos del saber, como solía decirnos el Dr. Juan Ormé.
La razón y la verdad son dos puntos importantes en esta discusión. Sobre todo en el marco de la historia de la epistemología. El realismo aristotélico, es un objetivismo que ve los particulares; el racionalismo platónico, es un subjetivismo que idealiza los universales; y el representacionismo inglés, localiza el conocimiento, situándolo en la percepción, en los sentidos, que median entre el pasivo sujeto cognocente, activamente afectado por el objeto conocido. Este es el resumen de una larga discusión que tiene tantos matices como siglos. En este punto, la Biblia opta por lo más básico, su postura es similar al realismo aristotélico y a su teoría de la correspondencia con la realidad.
La Biblia no nos exige un elaborado edificio conceptual en la relación sujeto-objeto, para conceder que se puede conocer y hablar de la verdad o de su autor, Dios. No es ningún descubrimiento decir que ese realismo “aristotélico”, más bien universal, es el denominador común a todos los hombres, como decía Manuel García Morente. La cosmovisión bíblica se parece a los juicios provisionales que hace un pintor sobre su lienzo: un paisaje posee el plano de arriba, el plano de en medio y el plano de abajo en donde se sitúa la realidad. No es una postura “científica” acerca del cosmos. Es una visión fenoménica, que describe al “fenómeno” como cree percibirlo. Es una hipótesis de trabajo útil para su fin: pintar un cuadro. Para el autor bíblico esa hipótesis de trabajo es también útil para comunicar el mensaje de Dios al hombre.
La relación entre la Biblia y los materiales de la teología es amplia, variadísima e integradora. Dios usa, en la Biblia, una serie de herramientas como la escritura, la historia, el concepto de que la verdad corresponde con la realidad, la justicia (ley) como expresión del carácter de Dios, terciada a través de pactos que proceden de varias “tradiciones” culturales. Usa también otras herramientas como la poesía y los proverbios, y dentro de ellos, el paralelismo y el lenguaje figurado, integrados a la verdad revelada, a la vez que están presentes, desde tiempos remotos, en el Antiguo Cercano Oriente. Los profetas utilizan el “rib” o debate forense como una extensión del género jurídico sacerdotal.
Finalmente, el uso intertextual o de un texto por otro, es factor que suma y se hace presente, ampliamente, como fuente del saber teológico, intertestamental y transtestamentalmente. El texto es, a veces aludido, a veces resumido, a veces citado, ya como profecía cumplida, ya como ejemplo histórico, ya como aplicación (como se ve, por ejemplo, en las citas de Mateo 2).   


[1] Escribo estas líneas en memoria del Dr. Juan Ormé, con quien enseñé dicha clase. El profesor Ormé partió a la presencia del Señor el 26 de Febrero del año 2008, 30 años después. Tengo gratas memorias de quien fuera mi primer profesor de Teología Sistemática en 1974, por su trato amistoso, en febrero del ’78, hacia éste aprendiz de 23 años; para mi el era un sabio, a pesar de su juventud, tenía entonces a penas 41 años.
[2] Se trata del Dr. Gerardo Alfaro, quien inició sus estudios por aquellos años y con quien en más de una ocasión conversé sobre este tema. Hoy puedo decir, con mucho orgullo y mérito de él, que el discípulo ha sobrepasado al maestro en todo.

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