sábado, 16 de agosto de 2014

La Biblia: ¿Mitos y leyendas?

“La Biblia no es más que mitos y leyendas” dicen algunos amigos. Por supuesto, viven muy a prisa como para esperar una respuesta a esa afirmación. Se quejan de la muerte de Dios y de los valores en la sociedad contemporánea pero no quieren escuchar cómo, anterior a la duda sobre Dios, cayó la bibliología despedazada por Spinoza, Jean Astruc y Julius Whellhausen. Convertida en libro de retazos, la postura ideológica de sus descuartizadores es desacreditarla “cuando contradiga lo que yo creo.”
¿Qué hacemos con el hecho de que el mundo en el cual vivimos, su geografía e historia son virtualmente los mismos que se describen en la Biblia con sus regiones, ríos, montes y ciudades? ¿Es la ausencia de fechas en Génesis 1 al 11 algo que debe molestarnos? Siempre se ha dicho que las eras geológicas y los periodos largos de una tierra con apariencia de edad al menos pueden caber en esta parte cuya duración ignoramos. De modo que la historicidad de la Biblia no está emparentada con las fechas de la creación sugeridas por el obispo Usher.  La historia de la Biblia es historia sagrada, es teológica y no cronológica a pesar de su insistencia en reyes, faraones imperios, guerras, fechas y regiones.
Claro, en los años 1800 se decía que Ur la ciudad de Abraham no existió, hasta que las excavaciones de Leonard Woolley entre 1922-34 descubrieron el inmenso zigurat de la inconfundible Ur. El nombre de “Abram” aparece en registros mesopotámicos indicando que era un nombre común. Las ciudadanías mencionadas en Génesis concuerdan con los pueblos de la época. Otras características como tratados, precios de esclavos y rasgos del Cercano Oriente concuerdan con la geografía e historia bíblicas de la época patriarcal.
La ruta comercial que a lo largo de la creciente fértil concuerda con los movimientos de las épocas patriarcales. Los lugares descritos en el registro bíblico de la ruta de Abraham incluyen Haram, Anatolia, recientemente descubierta y excavada, hacia Siria, hasta llegar a Canaán y coinciden con la geografía de hoy. El estilo de vida nómada, los rebaños y costumbres de la vida de los patriarcas era la característica de los siglos dieciocho y diecinueve A. C.  El nombre de Moisés es egipcio y puesto por la hija de faraón, con las radicales que aparecen también en Ra-Meses y Thut-Moses. Además, los nombres, fiestas, comidas, lugares y deidades mencionadas en esa época son familiares a las culturas hebrea y egipcia.
Podríamos continuar con el Éxodo, David (rey aludido en inscripción descubierta en 1993 por el arqueólogo Abraham Biran) y Salomón hasta los reyes de Israel, pero es un suplicio para el cual la ideología que menoscaba el texto bíblico no tiene tiempo ni está preparada. Es más fácil confesar “yo creo en la tradición que modifica, interpreta y califica a la Escritura.” 
Tiene mucho en contra quien dice “yo no creo en la sola escritura.” ¿De dónde saca el creyente la autoridad para creer en la revelación si el testimonio que de ella tenemos en las Escrituras es anulado?  ¿Qué sucede si le aplicamos el teorema regresivo a la tradición? Si volvemos sobre ella hacia ayer, hacia el día anterior, y sucesivamente hasta el primer día ¿qué encontramos? Nuestro propio rostro. ¿De donde obtiene la tradición su carácter revelado, su naturaleza inspirada y por supuesto su autoridad misma? Solo queda decir que el tiempo es lo que le otorga rasgos de misterio a la tradición. El paso del tiempo no convierte el rito o la idea humana en divinos, de modo que o encontramos su autoridad en la Palabra de Dios o estamos frente a nuestro propio rostro.
No importa aclarar que en la Biblia la interpretación es literaria, que las figuras del lenguaje se interpretan como tales, que el orígen de los oficios, del trabajo, de la sociedad, el intercambio, la moneda, de la familia, del cultivo de la tierra, de la literatura, del registro genealógico e histórico, aparecen ya en las primeras páginas del Génesis. De nada sirve, si la postura ideológica dice: solo son mitos y leyendas. Con ese artefacto ideológico se serrucha la rama misma en donde está sentado quien hace tal afirmación. 

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