martes, 7 de junio de 2011

La Biblia y sus demandas sobre lo político


El termino evangelio, en el que hemos creído, tiene su trasfondo en los capítulos 40 al 55 de Isaías. Se trata de las buenas nuevas de la restauración de Jerusalén después del exilio babilónico. La referencia a la “anunciadora de Sion” y a la “anunciadora de Jerusalén”[1], en la traducción griega del Antiguo Testamento, se describen con la palabra euanguelizomenos.
Se ha de recordar que el fondo de esto es la derrota de Babilonia y el retorno del exilio. “Cuan hermosos son sobre los montes los pies del que trae buenas nuevas del que proclama (euanguelizomenou) la paz, del que trae buenas nuevas (euanguelizomenos) del bien, del que publica salvación, del que dice a Sion: ¡Tu Dios reina!”[2]
Pues este vocablo, cargado de esperanza, constituye el mensaje de Jesús y del Bautista. El inicio del ministerio de Jesús y del bautista fue “arrepentíos por que el reino de los cielos se ha acercado”[3]. De hecho todo el ministerio de Jesús Mateo y Lucas lo encierra en ir “por todas las ciudades y aldeas, predicando y anunciando el evangelio del reino de Dios” (Mt. 4:23)[4]. Quizá por eso Pablo puede resumir todo su ministerio en “predicar el evangelio”[5].
Un tema que pasa ignorado es que el evangelio es también una polémica contra todos los reinos de la tierra. Sin desestimar el origen judío del término, los romanos lo usaban para hablar del entronamiento del emperador. César y Cristo se enfrentan y ambos tienen un evangelio que los anuncia, pero el evangelio del César no tiene el respaldo del Señor de las naciones.
El evangelio que se resumen en la muerte de Jesús por mis “pecados conforme a las Escrituras, que fue sepultado y que resucitó al tercer día conforme a las Escrituras”[6], tiene en mente no una creencia privada e inocua sino una confrontación con los poderes de este mundo.
Pablo, en Gálatas, dice que las palabras de Isaías tienen “cumplimiento en el tiempo cuando Dios envió a su hijo nacido de mujer y nacido bajo la ley[7]. Marcos, para quien la vida de Jesús es el evangelio, habló también del cumplimiento del tiempo para referirse a la venida del reino y a creer en Jesús, el evangelio viviente[8], quien “nos redimió de la ley”[9]. Por ello, es un sin sentido volver a la ley. Es colocarse no sólo bajo su regencia si no servir a dioses “que no son dioses[10]. Son “los rudimentos del mundo” que esclavizan en cuerpo y alma[11].
Adoptar la ley es despojar al evangelio de su gracia y revestirlo de nacionalismo judío. Adoptar cualquier nacionalismo jamás puede acercar a alguien al evangelio. Eso es renunciar a la adopción de hijos para hacerse esclavos de las aspiraciones políticas de los hombres. Cuando la iglesia anuncia el evangelio y los hombres creen, toman sobre sí la única marca pública que este mensaje exige: la fe y sus frutos.
Es por la fe que vivimos en el reinado de Jesús. Por esa fe relativizamos los reinos de este mundo y vivimos según las marcas del Espíritu: “amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, fe, mansedumbre y templanza”[12].
Cuando se habla de política, se le llama “arreglar el mundo”. Por supuesto, ¿arreglarlo, de qué? ¿arreglarlo, para qué? Y cómo arreglarlo, son asuntos que los cristianos no tenemos claro. La Iglesia se debate entre la intelectualidad y un elusivo “espiritualismo” que está muy lejos de la fe y de someter toda la vida al control del Espíritu.
¿Qué debemos saber sobre la nación y sus necesidades? El primer punto, es que Dios es el creador del gobierno humano: “sométase a toda persona a las autoridades superiores; porque no hay autoridad sino de parte de Dios, y las que hay, por Dios han sido establecidas”[13]. Si Dios es el creador del gobierno, ¿no es sabio pensar que puede ser su voluntad que sus hijos le sirvamos ahí?
Segundo, es fundamental que la Iglesia sea “sal” y “luz”[14]en todas las áreas de la vida: la radio, la televisión, los periódicos y por supuesto en la política. Pensar que no tenemos nada que hacer en la política porque está llena de hombres malos es como que un médico decidiera no enfrentar una epidemia por el riesgo de contaminarse.
Tercero, los hombres buenos deben promover la justicia. Ser “sal” y “luz” se halla en medio de la demanda de Jesús de una justicia más alta “que la de los escribas y fariseos”[15]. Es una justicia que obedece la justicia de Dios. Justicia y Misericordia es el reflejo de las características de Dios en la vida de hombre y el trato noble al ser humano, tomando al hombre como fin y nunca como escalón o medio. Job pregunta “gobernará el que aborrece el juicio”[16]. Los juicios de la tierra no pueden estar en manos de injustos sino en las manos de los hijos de Dios.
Cuarto, que hoy servimos a los demás a través del sistema de partidos políticos. Ellos se turnan en el poder por mandato del pueblo quien los premia o castiga con el voto. También servimos a la nación por medio de grupos cívicos. Estos se organizan para ejercer presión sobre los partidos políticos para exigirles que enmienden el sistema por medio e leyes y a través de medidas administrativas. ¿Por qué exigimos la reforma del gobierno? “porque es servidor de Dios para tu bien”[17].
El Estado tiene la gran responsabilidad de “llevar la espada”[18]. Es decir de usar el monopolio del poder de coacción para ordenar la vida de todos. Pero si el no tiene respeto por la vida puede abusar. Por eso es importante que todos hagamos que el Estado respete sus propias leyes y sirva a la justicia. Si eso requiere reformar leyes e instituciones es nuestro deber hacerlo: “pues es servidor de Dios, vengador para castigar al que hace lo malo”[19].
Quinto, que existe una gran confusión entre democracia y república. Ambos elementos son complementarios y necesarios, si bien en una clara muestra de confusión, al sur del Río Grande hemos optado por la democracia escamoteando la república. Es la república y sus reglas lo que protege al ser humano (el constitucionalismo). La democracia y la voluntad popular tienen siempre la tentación de vulnerar los derechos de las personas. Sin república, la democracia sera tarde o temprano tiranía.


Sexto, la condición más noble para la vida es vivirla según una conciencia sin culpas. Por ello debemos obedecer toda norma. Cuando el sistema promueve la desobediencia a las normas va en contra de nuestra conciencia. Si un sistema mancilla la conciencia, entonces debemos todos juntos luchar por que no se mancille nuestra conciencia: “no solamente por razón del castigo, sino también por causa de la conciencia”[20].
No podemos hablar de cambiar el mundo sin recordar que “el mundo pasa y sus deseos”[21]. Pero ese mundo entendido como el sistema encabezado por Satanás que deja a Dios afuera no es todo lo que hay. Está también el mundo en el que viven los hijos de Dios: “pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre”[22]. ¡Ambas afirmaciones en el mismo verso!
Jesús es Señor de este mundo en tanto es su creador. De él tomamos las órdenes para hacerlo un mundo de justicia y misericordia. Si “la creación misma será liberada de la esclavitud de corrupción”[23], toda la vida es un llamado al discipulado de Jesucristo. Tu vida es una sola gran esfera de compromiso con el Señor. No hay esfera pública ni privada.
Los hijos De Dios no pueden vivir en un Estado que promueve pobreza violencia y corrupción y hablar de Dios en su Constitución política como si hubiera una “dios tolerante para la política”. No se trata de “un Cristo recto para el espíritu” y “un dios desordenado para el pueblo”. No podemos aceptar “un evangelio puro para la fe” y “una ley corrupta para la nación”. No se puede aceptar una “Iglesia confesante” cuya moral diaria es una negación de lo que confiesa, precisamente porque hemos aceptado que esa “ley para la nación” este gobernada por intereses y no por principios y valores.
Finalmente, el gran fondo en el que se da este discipulado es en el espíritu de paz. Paz significa “no violencia” y ambas deben entenderse en el espíritu de la bienaventuranza: “Bienaventurados los pacificadores”[24]. Sin embargo, no hay pacificadores sin “reconocer su bancarrota espiritual”[25]; sin “llanto”[26]; sin “mansedumbre”[27]; sin “hambre y sed de justicia”[28]; sin “misericordia”[29]; sin “”limpio corazón”[30]; sin “estar dispuesto a sufrir por causa de la justicia”[31].
La no-violencia definida en esos términos significa un respeto absoluto a la vida, de tal manera que controla y humaniza toda forma de trato con el prójimo. Eso constituye el fondo en el que se proyecta directamente la predicación de Jesús y su confrontación mesiánica con los poderes de Israel. Es por esa razón que “Jesús afirmó su rostro para ir a Jerusalén”[32] a morir, sin promover una revuelta violenta. Según todo lo que se puede comprobar históricamente, se dirigió a la pasión sin la menor resistencia.
Por esa misma causa, el celo Nacionalista de Zelotas en Jerusalén o el celo de su esperanza no convirtió a los primeros creyentes en rebeldes o insurrectos. La joven iglesia tampoco se adhirió al movimiento de insurrección contra Roma, justamente porque la violencia no era parte de la agenda ni de Jesús ni de los discípulos de Jesús.


[1] Isa. 40:9
[2] Isa. 52.7
[3] Mt. 3:2 y 4:17
[4] Lc. 8:1
[5] 1 Co. 1:17
[6] 1 Co. 15:3-4
[7] Gá. 4:4
[8] Mr. 1:15
[9] Gá 4:5
[10] Gá. 4:8
[11] Gá. 4:3
[12] Gá. 5:22
[13] Ro. 13:1
[14] Mt. 5:13-16
[15] Mt. 5:20
[16] Job 34:17
[17] Ro. 13:4
[18] Ro. 13:4
[19] Ro 13:4
[20] Ro. 13:5
[21] 1 Jn. 2:17
[22] 1 Jn 2:17
[23] Ro. 8:21
[24] Mt. 5:9
[25] Mt. 5:3
[26] Mt. 5:4
[27] Mt. 5:5
[28] Mt. 5:6
[29] Mt. 5:7
[30] Mt. 5:8
[31] Mt. 5:10
[32] Lc. 9:51
[33] 1 Jn. 2:17

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